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08 junio 2014

Sin pensar

Sin leer, sin pensar. Sin orden, punto, pausa - sólo las palabras. Ausencia y presencia en tantos escenarios, alguna visita al pasado desconocido, a los brazos de la nueva familia, el estar esperando aquella llamada con miedo :  por inevitable, por triste pero cierta.
Dinamarca, Suecia, la independencia de Israel, el revuelto sur de Italia y la Madrid hermosa como todas las primaveras : la belleza de ir y volver. De encontrarse y el miedo y deseo a cambiar lo que tienes entre manos. El intento de bloquear un pais entero para evitar que ojos insanos te observen. Todo tan presente. Todo parte de mí.
Las ganas, el sueño que persigue, las horas que sobran y las que faltan. Todo son proyectos ideas que necesitan luz y escaleras inmensas. Letra tras letra, cielo tras cielo, la pregunta siempre persiste: cuando? Cuando fue que escribí intento en lugar del punto final.
No tiene sentido. Lo sabemos. Pero yo no soy la única que siempre vuelve. Cada uno buscando su piedra de Bolonia sin saber para que la queremos. Pero como la queremos.
La piedra, el trébol, el break. El sueño infantil que empieza con cada página vacía. Con cada color blanco que se deja manchar por pintura de mala calidad. Pero allí se queda.
Para siempre o hasta que todos nos olvidemos de que lo que nos trae hasta aquí.

17 marzo 2014

La pasta alle vongole




Yo la echo de menos. Lo sé. Tanto que lo hago habitualmente es no pensar en ella por no querer darme cuenta de que ya no volveré a oír su risa en plan JARAJARAJARA. Porque su risa sonaba así: alta, con letras mayúsculas, eléctrica, infinita. Trato no acordarme  de que podría haberla apoyado más  o sido, quizás, más generosa, más presente aunque desde la distancia. Yo sabía la ultima vez que la vi que sería la última. Sabía que nadie más me saludaría diciendo : "minha linda" , como ella lo hacía. Lo sabía y a día de hoy lo sé. Por eso trato de no pensar en ello.
Pero a veces la vida se encarga de recordarte de que quien eres. De  que lo que te hace feliz o triste se ha definido hace muchos años y ni sabes bien cuando.  Y que aunque no seas consciente de ello normalmente, cuando un trozo de tu pasado se cruza en tu camino, vuelves en el tiempo y te acuerdas de esa tía tan querida que tratas de intentar olvidar de que ya no está.
El sábado, me pasé por el Corte Ingles donde hasta final de mes tienen la Feria de Europa - comida y bebida europea básicamente y allí estaba: pasta alle vongole. Era un bote pequeñito de salsa, perdido entre paquetes y paquetes de pasta con 3 mil nombres, pero fue lo único que vi.
Era uno de sus platos estrella. Ella a quien no le gustaba precisamente cocinar, se ponía el delantal encantada cuando iba a verla y se ponía a preparar algo especial. Viviendo en España no es que haya tenido grandes oportunidades de probarla pero curiosamente, las  pocas veces que aparecían como plato en los restaurantes italianos,  las he pedido e ilusionada esperaba sentir el sabor de la felicidad infantil. Pero  me la han traído sin tomate. Y mi tía la hacía con tomate. Estaban allí los vongole y la pasta pero sin tomate. El botecito del Corte, finalmente, venía con el tomate y la sonrisa que me ha llegado de dentro fue parecida a la felicidad infantil que yo añoraba.
Y en Domingo, después de mucho tiempo, pensé en ella sin miedo a que me doliera. Me acordé de la risa, de la pasta, de la imagen de ella con nosotras en la playa, de la imagen de ella mientras se maquillaba para ir a trabajar. Pensé que pese todo lo que la echo de menos, he sido una chica de mucha, mucha suerte.

Se puede, sin duda, ser imensamente feliz y triste a la vez.





02 marzo 2014

Un soplo de vida




                                                   In the end all you can hope for
                                                Is the love you felt to equal the pain you've gone through
                                                                            (Bones - Editors)

No quería empezar hablando del tiempo, sino  de como a veces te pones a pensar y a hablar de historias que creías tuyas para luego darte cuenta de que ya no eres su protagonista. Eres algo que ya no es nuevo porque han pasado demasiados años, pero eres algo distinto. Una obra inédita, resultado del dolor y del esfuerzo por superarla. Eres el resultado de todo aquello que no te han contado mirando a la cara pero te enteraste por teléfono, por los periódicos, por las lágrimas que no te han sacado. Eres el resultado de lo que lleva en estas manos  porque sólo fuiste capaz de llorar por aquello que pudiste cambiar pero ni siquiera lo intentaste.
Eres el intento y nada más. Eres una batería, que por cuidado,  jamás llegará al 100% aunque parezca algo que se pueda controlar con un poco de conocimiento técnico o la tan valorada experiencia.  Porque el ser distinto, que no nuevo, nunca llegará hasta el final sin recordar qué le puede pasar cuando se acabe cada función. Eres la elocuencia y la mudez.  Eres el querer, casi sin querer y el querer demasiado en cada palabra que callas y cada silencio que no rompes. Eres todo eso que no has sido nunca y eres la certeza de que lo cierto es que no sabes por cuanto tiempo lo serás. Eres de barro,  como todos, tu que te creías de carne blanda y fresca. Ahora ves como te han moldeado las manos de otros desde el principio de tus tiempos. No eras tu, nunca lo fuiste. No eres más allá de eso que te han hecho.  Puedes respirar sin culpa. Te han puesto forma, sonrisa, mirada y algo de llanto.  Te han soplado bajito verdades y mentiras que han cicatrizado y abierto heridas y te han dado la vida que hoy llamas de tuya.  Y no eres nada más de que lo que se ve. Escribes mientras esperas que te salven, que una canción que no te gusta suene a notas perfectas. Que unas palabras que no quieres oír  no tarden y lleguen en forma de canción, de letra, de aire - que lleguen en forma de un soplo.
De un soplo de vida.

15 febrero 2014

A mi querida Nanci.... y la añoranza que no termina nunca...

There are places I remember
All my life, though some have changed
Some forever not for better
Some have gone and some remain
All these places had their moments
With lovers and friends I still can recall
Some are dead and some are living
In my life I've loved them all

"Ayer finalmente tuve un rato libre y caminé sola por la playa gris de Santos. Hacía viento y yo escuchaba esa bonita canción de los Beatles. Me puse a pensar que hacia unos meses a penas que yo y mi tia habíamos tirado flores al mar como parte de nuestra bonita tradición de Noche vieja y que yo me eché a llorar cuando se alejó por que en aquel momento se apoderó de mi la certeza de que sería la ultima vez que lo haríamos juntas. Me dió mucha pena ver la playa donde veraneamos tantas veces y me dió pena una vez más darme cuenta de que nada volverá a ser como antes. No volveré a verla, no vendremos a esa playa, no tiraremos flores al mar. Es como decir adiós a una vida entera porque ciertos cambios son para siempre. Es como tener que asumir que no soy yo la niña sino que habrá otra generación de niños que jugará por estas playas y serán felices y un día como yo, volverán y mirarán el mar y no harán otra cosa sino echar todo de menos y sentir un dolor intenso y silencioso".

24 septiembre 2012

Palabras

Y de repente llegan las palabras. Estas que andaban escondidas entre tanto miedo y oscuridad. Estas que te negaste a oír porque no sonaban como la canción perfecta, estas que señalaban el camino más obvio y más duro de tomar.
Llegan y vuelven adonde siempre han querido estar pese a la falta de tiempo y de poesía en estos 30 minutos para cambiar una vida que nunca tuvo intención de dejar de ser la misma. Tenía que poner en práctica tanto ensayo solitario y gritar al mundo lo que todos sabíamos: no puede ser para siempre.
Triste? Alegre? Poco importa cuando las miradas de ahora son realmente más libres y más llenas de luz que aquellos ojos condenados a observar la noche. Y vamos adonde todo es nuevo y encantador. Y vamos adonde no hace frío, ni la gente mira hacia abajo y las estrellas sonríen al vislumbrar la tierra de antes, sorprendidas porque todo el camino ahora es desconocido y suavemente brillante y cálido como este sol de otoño.



26 abril 2012

Amor y calor

Ante tantos finales posibles de historias que no son de nadie porque sólo conocen la noche, el más cercano es precisamente el que menos queremos : que todo acabe como empezó y nadie escuche las palabras dichas entre silencios. Si nunca ha existido  (porque existir conlleva que guste y que duela).   no se tiene que cerrar la puerta y sin existir, el mensaje no llega y las despedidas son tan llevaderas como desear los buenos días.

Y las palabras que no son mías son precisamente las más exactas : no se desiste, no se intenta y nos deseamos sinceramente, mucho calor y amor. 




16 abril 2012

Colores


Things get damaged
Things get broken
I thought we'd manage
But words left unspoken
Left us so brittle
There was so little left to give
(Depeche Mode - Precious)


Sigo ausente. Lejos. De mi misma y de todo lo que me rodea y  me gusta. Sigo sin reconocer el azul de un cielo iluminado por las certezas que no quiero tener. Pensaba que era la vuelta y el peso de tanto afecto en las manos cansadas los que pedían tiempo para ordenar un corazón confundido,  pero no.
Todo se resumen a un abandono lento como los minutos que la noche gana  al día en otoño. Está,  pero nadie sabe como ha llegado y nadie sabe el camino de vuelta porque el silencio ha borrado los senderos que llevan a cualquier casa.
Está. Lo llevas dentro y hay mañanas, la mayoría de ellas, donde ni siquiera existe como casi nunca se acuerda uno de lo que no ya piensa tener. Pero a veces, cuando se mira hacia delante, cuando se mira hacia el lado es duro darse cuenta de que lo que se ve no es un espejo. Hay poco que hacer cuando los colores de una historia no elegimos nosotros. Pero la vida? Esa tiene muchas historias que colorir y yo el sentimiento de un mundo entero que pintar.

17 marzo 2012

La semana



Y así finalizó esa noche, la de ese año 1999 que llegó hasta abril, 
en un taxi que cogimos juntos y del que nos bajamos por separado.
(1999 - Love of Lesbian) 


Semana de dudas, hechos oscurecidos por recuerdos poco precisos, por el miedo, sobretodo, de recordar lo que no se puede vivir otra vez. Un "puede" amplio como unas  ganas incontrolables que varían según el viento. Semana de silencio después de la verborrea nerviosa y melancólica, semana de ausencia anunciada que trae paz y cierta añoranza. Si nada tiene sentido, ni las horas que pasan desecantadas por tanto afecto que no debe ser, más difícil es entender tantos kilómetros de hambre y satisfacción.
Y entre los días que son demasiados, llega la luz del Sábado y de sonrisas conocidas,  libres que tranquilizan a la vez que nos arrastran hacia caminos que no se sabe si queremos recorrer. El "no" es la respuesta más dulce a una pregunta que nadie hace pero lo necesitamos más que el aire seco y frío que nos rodea. El mismo aire que sopla y al romper la hora muda nos trae la distancia y  el sosiego de los días sin frio ni calor.





29 agosto 2011

Restos de Carnaval - Clarice Lispector




 Para los que no conocéis Clarice Lispector abajo uno de mis cuentos preferidos. Lo tiene todo: poesía, belleza, añoranza y un texto cuidado y perfecto.



No, no de este último carnaval. Pero no sé por qué éste me transportó a mi infancia y a los miércoles de ceniza en las calles muertas donde sobrevolaban despojos de serpentina y papel picado. Alguna que otra beata con la cabeza cubierta por un velo iba a la iglesia, atravesando la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval. Hasta el año siguiente. Y cuando la fiesta se acercaba, ¿cómo explicar la agitación íntima que me acometía? Como si por fin el mundo se abriese, de capullo que era, en gran rosa escarlata. Como si las calles y las plazas de Recife por fin explicaran para qué habían sido hechas. Como si las voces humanas cantaran por fin esa capacidad de placer que era secreta en mí. El carnaval era mío, mío.
Mientras tanto, en la realidad, poco participaba en él. Nunca había ido a un baile infantil, nunca me habían disfrazado. En compensación, me dejaban quedarme hasta las 11 de la noche en el umbral de la puerta de la casa de altos donde vivíamos, mirando ávida cómo se divertían los otros. Dos cosas preciosas ganaba yo entonces y las economizaba con avaricia para que me duraran los tres días: un lanzaperfume y una bolsa de papel picado. Ah, escribir se está volviendo difícil. Porque siento que se me va a estrujar el corazón al constatar que, incluso sumándome tan poco a la alegría, yo era tan sedienta que con casi nada ya me convertía en una niña feliz.
¿Y las máscaras? Les tenía miedo, pero era un miedo vital y necesario porque coincidía con mi más profunda sospecha de que el rostro humano también era una especie de máscara. Si un enmascarado hablaba conmigo en el umbral de mi casa, yo entraba de golpe en el indispensable contacto con mi mundo interior, que no sólo estaba hecho de duendes y príncipes encantados sino también de personas con su misterio. Hasta mi miedo a los enmascarados, entonces, era esencial para mí.
No me disfrazaban: entre tantas preocupaciones por mi madre enferma nadie en casa tenía cabeza para el carnaval de un niño. Pero yo le pedía a mis hermanas que me enrulara el cabello lacio que me causaba tanto disgusto, y tenía entonces la vanidad de tener el cabello rizado, por lo menos tres días al año. En esos tres días, además, mi hermana accedía a mi sueño intenso de ser una muchacha –casi no podía esperar el fin de una infancia vulnerable– y me pintaba mucho los labios y también me ponía rubor en las mejillas. Entonces me sentía linda y femenina, escapaba de la niñez.
Pero hubo un carnaval diferente de todos los demás. Tan milagroso que yo no podía creer que tanto me fuera dado, yo, que ya había aprendido a pedir poco. Ocurrió que la madre de una amiga decidió disfrazar a su hija y el nombre del disfraz en el figurín era Rosa. Para eso compró hojas y hojas de papel crepé rosa, con las cuales, supongo, pretendía imitar los pétalos de una flor. Boquiabierta, veía cómo el disfraz tomaba forma y se iba creando. Aunque el papel crepé ni remotamente se pareciera a los pétalos, yo pensaba con toda seriedad que era uno de los disfraces más bellos que había visto en mi vida.
Entonces, por simple casualidad, ocurrió lo inesperado: sobró papel crepé, y mucho. Y la madre de mi amiga –tal vez respondiendo a mi pedido mudo, a mi muda envidia desesperada, o tal vez por pura bondad, ya que sobraba papel– resolvió hacer también para mí un disfraz de rosa con lo que quedaba. En aquel carnaval, entonces, por primera vez en la vida tendría lo que siempre había querido: sería otra y no yo misma.
Hasta los preparativos me dejaban loca de felicidad. Nunca me sentí tan ocupada: minuciosamente, mi amiga y yo calculábamos todo, bajo el disfraz usaríamos enagua porque si llovía y el disfraz se deshacía por lo menos estaríamos de algún modo vestidas –la idea de una lluvia que de repente nos dejara, en nuestros pudores femeninos de ocho años, en enagua en la calle, nos hacía morir anticipadamente de vergüenza–, ¡pero ah! ¡Dios nos ayudaría! ¡no llovería! En cuanto al hecho de que mi disfraz sólo existía gracias a las sobras de otro, me tragué con un poco de dolor mi orgullo, que siempre fue feroz, y acepté humildemente la limosna que me daba el destino.
¿Pero por qué justamente aquel carnaval, el único con disfraz, tuvo que ser tan melancólico? El domingo, a la mañana temprano, yo ya tenía puestos los ruleros para que los rizos quedaran bien definidos para la tarde. Pero, de tanta ansiedad, los minutos no pasaban. ¡Al fin, al fin! llegaron las tres de la tarde: con cuidado de no rasgar el papel me vestí de rosa.
Perdoné muchas cosas que me sucedieron, mucho peores que ésta. Pero a ésta ni siquiera ahora puedo entenderla: ¿el tiro de dados de un destino es irracional? Es despiadado. Cuando estaba vestida de papel crepé todo armado, todavía con los ruleros puestos y sin lápiz labial y rubor, la salud de mi madre empeoró mucho súbitamente, hubo un alboroto repentino en la casa y me mandaron a comprar un remedio a la farmacia. Fui corriendo vestida de rosa–pero el rostro todavía desnudo no tenía la máscara de muchacha que cubriría mi tan expuesta vida infantil–, fui corriendo, corriendo, perpleja, atónita, entre serpentinas, papel picado y gritos de carnaval. La alegría de los otros me espantaba.
Cuando horas después la atmósfera en casa se calmó, mi hermana me peinó y me pintó. Pero algo había muerto en mí. Y, como esas historias que había leído sobre hadas que encantaban y desencantaban personas, fui desencantada; ya no era una rosa, era de nuevo una simple niña. Bajé a la calle y allí, de pie, yo no era una flor; era un payaso pensativo de labios rojos. En mi hambre de sentir éxtasis, a veces empezaba a alegrarme, pero con remordimiento recordaba el grave estado de mi madre y moría de nuevo.
La salvación llegó recién muchas horas después. Y si me aferré a ella tan rápido fue porque tenía una gran necesidad de salvarme. Un niño de unos doce años, lo que para mí representaba un muchacho, ese niño muy bonito se detuvo frente a mí y, con mezcla de cariño, grosería juego y sensualidad cubrió mi cabello ya lacio de papel picado: por un instante nos quedamos frente a frente, sonriendo, sin hablar. Y yo, mujercita de ocho años, consideré durante el resto de la noche que por fin alguien me había reconocido: yo era, sí, una rosa.





04 septiembre 2008

Ayer y hoy

“vano es todo
que no sea placer
placer repartido
entre compañeros

vanas…
todas las cosas que se van”
(Paulo Leminski)

Foto by yomequedroenmadrid.blogspot.com





El pasado vuelve de vez en cuando como por sorpresa, como una suave canción que tenías olvidada y sonríes al preguntarte porqué pasaste tanto tiempo sin oírla. Dos semanas, tres, cuatro personas de hace mucho tiempo me hacen recordar que hace 10 años dejé Madrid por primera vez.
Una despedida larga, dolida e indeseada. No quería irme, no quería quedarme y una casualidad de la vida me hizo creer que esa ciudad tenía algo de especial cuando yo todavía pensaba que los afectos eran obran del destino y encontrármelo paseándose por una acera era una señal mística.
Hoy, mucho más feliz cuando la felicidad es lo que veo y no lo que supongo, me acuerdo de las palabras que escribí en mi diario aquella tarde de septiembre:
Dejo Madrid como quién deja un gran amor. Corro por Barajas porque llego tarde después de esas horas en el parque intentando rescatar el tiempo que ya no tenía (…) Quiero llegar a casa y tengo miedo a morirme en medio del camino y no volver a sentir el aire húmedo de São Paulo o las montañas verdes de Lorena. (…)Nada será como antes, nadie seremos como antes y siempre tendremos a Madrid para que nos recuerde todo lo que un día hemos soñado vivir.
Y entre sueños antiguos y felicidades de ahora hay un mundo de recuerdo, gente, libros, besos y canciones. Se puede decir que mucho ha cambiado, que parte de los sueños y aspiraciones jamás llegarán a ser, pero ¡cuanta cosas espectaculares habremos acumulado durante estos años! Cuantas cosas ni siquiera nos imaginábamos capaces de vivir, de hacer, de superarlas y aquí estamos : v
iviendo día a día, entre alegrías y lágrimas. Entre recuerdos y la luz que entra por la ventana. Entre días más o menos azules, entre el cielo y el infierno, pero como Sabina, de momento, nos bajamos en Atocha, nos quedamos en Madrid.